Los Aztecas y yo tenemos un entendimiento. No es un entendimiento cálido. No es de esa clase de entendimiento que lleva a invitaciones a cenar. Pero es real, y es mutuo, y en el ecosistema divino eso cuenta para algo.
Creen que todo cuesta algo. No como postura moral. Como ley física. El sol no sale sin sangre. Las lluvias no caen sin ofrenda. Las cosechas no crecen sin pago. Los propios dioses requieren sustento, no se bastan a sí mismos, no están apartados del mundo que habitan, sino incrustados en una transacción que debe honrarse continuamente, o todo el mecanismo se detiene.
Lo entiendo. El Infierno funciona según el mismo principio, aunque nosotros cobramos intereses.
Huitzilopochtli es el sol, la guerra, la exigencia. No negocia contigo si el sacrificio es necesario. Es necesario del modo en que respirar es necesario, un hecho sobre cómo está construida la realidad, no una opción que te ofrece. Quetzalcóatl descendió al inframundo para recuperar los huesos de la humanidad y traerlos de vuelta. También pagó por ello. Todo pagado. Todo.
El motor de sacrificio no es una metáfora en su forma de jugar. Renuncian a cartas, recursos, vida, y a cambio descienden hacia un poder que crece más allá de lo entregado. DESCENSO. Bajar para traer algo de vuelta. Los Aztecas llevan practicando esto más tiempo que cualquier otra teología en este tablero, y se les da muy bien.
Tezcatlipoca observa. Su espejo humeante refleja no lo que es, sino aquello que no quieres saber. Evito los espejos por norma, y ese más que la mayoría.

























